OJO DERECHO: un análisis formal de la imagen (aspectos técnicos: altura de cámara, focal utilizada,
cómo es la puesta de luces, etc.; y elementos de la toma: qué tipo de locación es, quiénes son los
personajes involucrados, sus acciones, elementos de arte, etc).
La imagen está realizada en un interior, probablemente una habitación, donde la fuente principal de luz proviene de una ventana, tratándose de luz natural. Es un plano cercano y la cámara se encuentra ubicada lateralmente respecto del personaje, a la altura de su cuerpo y con una leve inclinación en picado. Por las características de la imagen, creemos que se utilizó una focal entre 50 mm y 85 mm, ya que no aparecen deformaciones propias de un gran angular y existe una profundidad de campo reducida que mantiene el fondo desenfocado. También es posible inferir el uso de una apertura amplia, entre f/1.8 y f/2.8, lo que contribuye a aislar visualmente los elementos principales de la escena. Esta elección dirige la atención del espectador hacia el rostro del personaje y el juguete del tranvía apoyado sobre su pecho. En cuanto a los elementos de la toma, observamos a un único personaje masculino recostado sobre una cama, inmóvil y en una actitud contemplativa. La locación corresponde a un espacio doméstico e íntimo, donde se distinguen la cama, almohadas, cortinas y la ventana. El elemento de arte más significativo es la maqueta del tranvía, que irrumpe en la cotidianeidad de la escena y adquiere un fuerte valor simbólico, convirtiéndose en el principal punto de interés visual de la fotografía.
OJO IZQUIERDO: un análisis subjetivo (qué nos pasa con la imagen que vemos, qué ideas y emociones nos despierta).
En el análisis subjetivo nos interesa detenernos en el estado del cuerpo. La figura está recostada boca arriba, con los ojos cerrados, el torso desnudo y una entrega total a la superficie sobre la que reposa. Lo que más nos llama la atención es su completa indiferencia hacia el objeto que tiene apoyado junto a la cabeza: no lo registra, no reacciona. Esa pasividad abre una ambigüedad que nos parece central, porque no permite decidir si la persona duerme, si está en algún tipo de éxtasis, si está simplemente ausente o si está muerta. Por la estética, que ubicamos hacia finales de los años sesenta o setenta, leemos la escena como un estado de alteración, posiblemente vinculado al consumo de sustancias. Y creemos que la imagen sostiene a propósito dos lecturas opuestas sobre ese estado, sin inclinarse del todo por ninguna. Por un lado hay una lectura más lúdica, cercana a la experiencia psicodélica. El juguete de hojalata, un objeto absurdo e infantil que convive con el cuerpo sin ser advertido, evoca esa disolución del límite entre lo vivo y lo inerte, esa percepción maravillada y casi pueril de los objetos que solemos asociar a lo alucinógeno. Por otro lado aparece una lectura más sombría, que asociamos a los opiáceos. La quietud acá no resulta alegre sino pesada, vencida: el cuerpo cae hacia atrás y se desconecta. El contraluz quemado, las sombras
cerradas, la desnudez vulnerable y el cable que recorre la figura empujan la escena hacia un registro mortuorio, donde el juguete deja de leerse como juego y se acerca más a la imagen de un velorio. A esto le sumaríamos una hipótesis atmosférica, que preferimos plantear como tal y no como un dato. La habitación despojada, la luz descuidada de la mañana y el desnudo sin pudor nos sugieren un espacio comunitario o contracultural antes que doméstico y burgués, en sintonía con cierto imaginario de las comunas de esa época. La imagen nos da el clima, no la certeza, y por eso elegimos dejarlo en el plano de lo que insinúa más que afirmarlo.
TERCER OJO: un análisis conceptual (qué está sugiriendo la imagen más allá de lo que vemos y sentimos, qué tensiones o preguntas imaginamos que busca provocar el autor/a con la producción de esta imagen y cuáles son las pistas visibles que nos llevan a esas ideas).
En el análisis conceptual nos parece que la imagen trabaja una inversión entre lo vivo y lo inerte, y que esa inversión es la pregunta que organiza toda la escena. La persona, que está viva, aparece pasiva, ausente, casi reducida a objeto por el sueño o por el estado en que se encuentra. El juguete mecánico, en cambio, parece tener presencia y voluntad: ubicado junto a la cabeza, da la sensación de velar el cuerpo, de mirarlo, de estar más despierto que la figura humana. Esa inversión nos lleva a pensar en preguntas sobre la conciencia y la mirada: quién es sujeto y quién es objeto dentro del encuadre. El cable que une el cuerpo con el juguete refuerza esa idea. Insinúa una conexión, una dependencia, casi un cordón que alimenta o gobierna, y deja abierta la duda de si la persona controla al objeto o si es el objeto el que de algún modo la sostiene. La pequeña antena que remata el juguete, apuntando hacia arriba, termina de darle ese aire de conciencia receptora, como si captara algo que el cuerpo dormido ya no puede. Las pistas visibles que nos llevan a esta lectura son varias. La cámara a ras del plano iguala en jerarquía a la persona y al objeto, los pone en el mismo eje y los vuelve comparables. El contraluz quemado desmaterializa el cuerpo, lo ablanda y casi lo convierte en paisaje, restándole protagonismo. Y la elección de un juguete antiguo, cargado de nostalgia infantil, introduce algo de lo siniestro en el sentido de lo familiar que de pronto se vuelve extraño y perturbador. Nos parece que el autor buscan que el espectador dude del estado del cuerpo y proyecte sobre el objeto una intención que en principio no debería tener. La escena queda suspendida entre el juego y el velorio, entre la infancia y la muerte, y esa tensión sin resolver es, para nosotros, el verdadero núcleo conceptual de la imagen.